Hace unos días llegué a casa después del trabajo, algo tarde a lo que normalmente suelo llegar. La misma rutina: Dejar las llaves, lavarme las manos y abrazar y besar a mi pequeño hijo de dos años.
Ese día no entré a mi habitación a cambiarme, me quedé sentada en los sillones de la sala tratando de tener una conversación con mi hijo, y digo tratando por que él aún no habla del todo, sino monosílabos como: sí, no, bien.
Nuestro tema de conversación: el nido al que está yendo. En pleno dialogo encontré el control remoto de la tele y la encendí, no pasaron ni 10 segundo y mi hijo, quien estaba echado en mi regazo, se levantó y la apagó. En su media lengua hablaba algo que no pude descifrar, pero imagino que me habrá dicho: “¡Mamá, estamos conversando no prendas la tele!” y regresó al mueble, volviéndose a echar en mis piernas.
Le contesté: está bien mi amor, sigamos conversando de cómo te fue hoy durante el día.
Y sí, hijo mío mereces que te preste toda la atención en las pocas horas del día que tengo para ti, y como dice parte de una canción de Café Tacuba: Escucharé todos tus sueños en mi oído ... y yo te escucharé con todo el silencio del planeta ...
Te amo.
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